La Librería de Otraparte

Visita nuestra tienda virtual en
libreria.otraparte.org

Petaca y patíbulo

“El veinte de diciembre de 1947 ponchó a ocho hombres y se coronó champion pitcher mundial, fue el día de su mayor gloria”. Así reza la leyenda que ilustra la fotografía de un joven apuesto, moreno, en el pináculo de su carrera deportiva. Tengo mala memoria para los héroes de guerra y los campeones. Pero leí el relato porque frente a la primera foto del beisbolista que exhibía en la camiseta del Triunfo el nombre de Colombia, aparecía otra foto de un hombre casi anciano, de uniforme rayado, con la mirada perdida en la lejanía, no del paisaje, sino de su pasado. Era una mirada melancólica sin duda, con esa negrura profunda del odio, de rumiar en la soledad una secreta venganza contra un enemigo invisible, que quizá sea la justicia, la sociedad o su propio destino. Porque este hombre aparece tras la ignominia de los barrotes de una cárcel y está preso.

¿De qué lo acusan?

De un incidente trivial que sucedió en Bucaramanga, en 1961, durante una fiesta a la que fue invitado como director del equipo de béisbol de la Universidad, y en la que desapareció un radiecito avaluado en setenta pesos ($70). ¿Qué crimen, no?

Ocho años después, para que no se diga que la justicia cojea, un juez implacable desempolva el negocio y condena al “acusado” —que no necesariamente era el culpable— a trece meses de prisión, como reo ausente, sin darle la posibilidad legal de defenderse.

La parcialidad contra el acusado es otra forma de prevaricato, hasta donde puedo recordar mis borrosas nociones de derecho. Porque justamente el acusado no era un fugitivo de la justicia, ni eludía su posible responsabilidad en el cargo. Simplemente lo condenaron a la brava. ¡No hay derecho!

¿Se robó Petaca el radio de esta ridícula farsa delictiva? No sé. Él lo niega rotundamente, se declara inocente, y nuestro deber es creerle, aunque sea mentira. Al menos yo le creo, y aunque no lo conozco, estaría dispuesto a jurar a su favor de su inocencia. Hay que tener fe en el hombre. Pues este hombre que ha gastado edad durante medio siglo, nunca antes en su vida había tenido líos con la justicia. “Sólo me han gustado los tragos a través de la gloria”. He aquí una frase para enmarcar, que vale por todos los delitos que no ha cometido.

El drama de Petaca para demostrar su inocencia es que el único testigo que tenía, su colega de parrandas y de béisbol, Julio “Centella”, pasó a mejor vida en calidad de difunto. “Pero Dios no hay sino uno”, se lamenta desolado entre los barrotes. Al menos Petaca puede consolarse de las miserias y crueldades del mundo esperando el supremo veredicto que lo absolverá. Pero mientras alcanza el perdón de esa justicia póstuma, la sociedad, por medio de sus jueces, lo condena a la ignominia de una celda, a perder su libertad, su dignidad, y su propio respeto, por la escandalosa insignificancia de un supuesto delito que en plata blanca no asciende al valor de media botella de whisky, ni a la seda del trapo que venda los ojos de la señora que sostiene la balanza.

Setenta pesos… ¿Qué son setenta pesos comparados con las treinta monedas en que cotizaron la libertad del Redentor? ¿Qué son setenta pesos ante las obras de misericordia? Sólo pido a Dios y al señor juez que no le tiembla la mano para condenar así a un hombre, que no le falten nunca en su bolsillo setenta pesos para salvar a su padre en desgracia. Pues todo hombre en desgracia como Petaca, es un poco nuestro padre, por ser el hijo del que vendieron por treinta monedas, y fue apresado, juzgado y sentenciado a muerte por los jueces de entonces. ¡Los mismos con las mismas!

No sé ante quién protestar por el horror de tamaña iniquidad. Y no será ante el Hijo de Dios, que también sufrió en su carne la persecución y la injusticia de las leyes humanas. Pero me rebelo, con toda mi indignación, contra una sociedad en que los peores andan libres, y las pobres gentes, como Petaca, andan entre los barrotes, alimentando la farsa de que la justicia cojea, pero llega.

Claro que llega, como llegan las pestes, las maldiciones y hasta la muerte. Pero llegará también el día en que brille el sol de una justicia menos inhumana, para que los ajusticiados recuperen su inocencia y su dignidad, y exijan cuentas a una justicia encapuchada tras la que se oculta el rostro cómplice o el verdugo.

Gonzalo Arango

Fuente:

Revista Cromos, 24 de marzo de 1969.

^