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Poesía y terror

Cada generación tiene su turno para expresarse en términos de rechazo o reconciliación con el mundo y el arte. Es mala fe, dogmatismo estético, sacrificar una expresión de belleza nueva por su contraste con la anterior. No pueden ser idénticas porque su inspiración les llega de “infiernos” desiguales, aunque bien pueden inspirarse en manantiales de tradiciones vivas, purificarse en el fuego de distintas podredumbres.

Nuestra poesía nadaísta es, contra toda razón, una poesía revolucionaria; aun contra la razón misma de la Belleza. Para nosotros, la Belleza ya no tiene sentido si no está asociada a cierta idea de terror, de sublime terror, de explosión en todas las dimensiones del espíritu y de la vida del ser humano, a nombre del cual se expresa, se rebela y canta. En todo caso, su razón de ser consiste en no someterse a la burda dominación del pragmatismo heroico, y resistir a sus mortales enemigos de la Razón Civilizada.

Denota otra visión del mundo: un cambio de cielo, y un cambio en la mirada del cielo. Vemos que el mundo cambia, la Historia se moviliza, y la Poesía se desplaza con estas evoluciones. La ciencia ha robado su encanto al misterio del Cosmos. Los cielos ya no son objetos arcanos de inspiración como en otras edades. La cortina azul y el más allá de la intuición metafísica han sido develados: todo era humano, y en el Más Allá no habitaban los dioses. El conocimiento ha entrado triunfante en la belleza de la realidad misteriosa. Los territorios invisibles y la adivinación de las estrellas han sido descubiertos por un sencillo binóculo de larga vista. La fantasía y el mito no son ya fantasmas de la imaginación, sino certidumbres maravillosas de los sentidos. Y del espacio lejano han retornado los astronautas para referirnos la aventura de su conquista y declarar la cesación del milagro en un comunicado de sencilla objetividad lírica: ¡La Tierra es una bolita azul con tempestades!

El prestigio de los cielos ha entrado en decadencia. Sus valores de inspiración son relativos, y en adelante ingresarán en el dominio de una inspiración nostálgica y marchita.

Gagarin, el Prometeo Atómico, ha robado de nuevo el secreto a los dioses insumisos y la luz a los cielos arcanos. El conocimiento humano se ha enriquecido con una verdad atea: la tea de Zeus ya no ilumina la leyenda de los cielos: estos están poblados de vacío, silencio, soledad, estrellas.

Se nos han revelado otros cielos invisibles pero reales y de enorme belleza. El hombre ya no es un desconocido ni un actor perdido entre sus decorados. Su conocimiento de sí mismo se eleva en proporción al conocimiento del Universo que habita: la Luna y el Lunik, los astros y los astronautas, el Polaris y la estrella polar están en la misma órbita del hombre, y el poeta fundirá en su canto la sombra y la luz de estas bodas entre la ciencia del cosmos y la poesía cósmica.

Nuestro siglo no es menos hermoso aunque sus descubrimientos nos asombren, y a veces humillen el corazón espontáneo. La relatividad del infinito no es menos admirable que la libertad soberana de la imaginación. La grandeza de la poesía consistirá ahora en descubrir la belleza en el terror, y lo absoluto en lo contingente. Si los dioses nos abandonaron, peor para los dioses. La soledad de los cielos está llena de promesas humanas, y la Tierra es el porvenir del hombre, su alegre morada y su reposo.

El prestigio de la poesía nunca está cancelado. Resucita de las tumbas y de sus viajes por las tinieblas, y regresa a la luz del sol, fiel a su misión de comunicar lo incomunicable y dar sentido a lo inexplicable. Por eso, la poesía es aquello que intenta lo imposible: certifica que este es el mejor de los mundos posibles, y el único. Aquí el poeta se vuelve divino y sucesor de Dios, quien ha creado el universo para que el poeta lo explique. Y el poeta triunfa sobre el absurdo o se enloquece.

Quizás Dios se ponga celoso de esta tarea que es poner a existir al Ser, y hacer humano el Universo Divino. El mito nos relata que por esta osadía, el poeta Prometeo fue condenado.

Poesía fue siempre, y también es hoy, Vida y Libertad. No es otra la misión del poeta: asegurar la vigencia de estas dos palabras en el mundo de la opresión y de la muerte.

Gonzalo Arango

Fuente:

Arango, Gonzalo. “Poesía y terror”. En: De la Nada al Nadaísmo. Bogotá, Antares / Tercer Mundo, 1966, p.p.: 50 – 52. Transcripción por Jefferson Sanabria.

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